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¡Adios, mirlo, adios!



A toro pasado, lo fácil, quiero dar mi parecer sobre el Brexit. Como cuestión previa tengo que reconocer que mi opinión sobre el británico, como colectivo o agrupamiento –¿hooligans?– no es muy entusiasta.

Sea por su auto jactancia histórica –bien de aquello plausiblemente realizado, como de aquello más que censurable–, su creerse por encima de todo y todos, su continuo mirar por encima del hombro al resto de Europa, son algunas de las razones para ello. Sin embargo en lo directo y personal, tengo amigos británicos con los que la relación es más que satisfactoria.

Y tengo que reconocer que veo razones para su malestar con la pertenencia “a esta Europa” en manos de castas políticas –también las hay fuera de España, no nos engañemos– que para nada representan la idea fundacional, la segunda, de esa Europa, (le primera, la Europa del Carbón y el Acero, fue valida como punto de partida) la Europa de los pueblos, o la Europa de los Ciudadanos, que desde que se permitió dar por perdidos los correspondientes referéndums, por parte de esas castas europeas, se entregó en manos de las grandes empresariales y financieras.

Resultado, ese parlamento europeo no nos representa, entre otras cosas, de poco valdría, porque quién decide es la famosa Comisión, a la que nadie hemos votados. Burócratas, con un inexplicable poderío auto apropiado, aprovechando que nos hemos estancado en la pútrida fase de la Europa de las taifas. Y de eso, sabemos mucho en España.

Por eso, aunque me duele el Brexit, podría ser el punto de partida hacia esa Europa de los Ciudadanos que tanto necesitamos y por la que tendremos que luchar. Donde elijamos al que esté obligado por ley, a representarnos o a abandonar su puesto. ¿Que eso implica una mayor dedicación a explicar a sus representados todos y cada uno de sus votos? Eso es lo que, tan suculentamente, se les paga; que se lo ganen.




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¡Aprendamos, pero aprendámoslo todo!





Si de algo nos vale a los seres humanos la experiencia –buena o mala–, es para extraer conclusiones de ella y actuar en consecuencia. Así es, o debería ser, porque el hombre, por aquello de pensar con las tripas y/o el bolsillo, más que con la cabeza, se empeña en perseverar en los errores cometidos por otros, con tal de no exigirle mucho a su cerebro. 


Podíamos hacer un análisis de la actual situación griega, por ejemplo. En el PP se frotan las manos al ver hasta donde pueden llevar a Grecia, los desatinos de Syriza. Según piensan ellos, será una vacuna perfecta para los electores, si el descalabro se precipita rápidamente,suficientemente para las próximas elecciones generales de España. Recuperar el voto perdido, lógicamente es su meta.

Si todo resultase tan negativo para Grecia como apuntan los analistas, alejarse del voto a Podemos (nuestroSyriza), sería una de las extrapolaciones razonables. Pero que ni Rajoy ni Sánchez se froten las manos, porque si los españoles hiciéramos –una de esas escasas veces– un análisis razonado y razonable de la actual situación griega, extrapolándola a España, ni PP o PSOE serían los destinatarios de ese voto con cabeza.

Porque Syriza, es un partido reciente, armado con toda la parafernalia anarco/comunista/ que se quiera, pero de creación muy reciente y, por muy disparatadas que sean sus propuestas, que seguramente lo son, muy pocos de sus actuales líderes formaron el cortejo de corruptos que trajeron la situación de Grecia hasta aquí. ¿Nadien recuerda a Karamanlis y Papandréu?



Esos corruptos, aquí son nuestros partidos más clásicos PP, PSOE, PNV, CiU y con estos hay que acabar antes de que nos hundan aún más como ha pasado en Grecia. Son nuestros Karamanlis, Papandréu y otros especímenes helenos. Los que con tal de perpetuarse en el poder, engañaron a la sociedad griega, a una Europa –que se dejó engañar– y ¿a ellos mismos?

Por tanto, el miedo al vacío que pueda generr lo que se les viene encima a los griegos, bien está que arruine gran parte del voto a Podemos, pero si ese voto se vuelve a encauzar hacia el lodazal del PP de Rajoy y el PSOE de Sánchez, será biscar adrede la misma piedra.


Para hacerlo, salvo partidos sin implantación, sólo nos quedan Ciudadanos y Cilus, más preparado el primero, más regenerador el segundo.



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Sobre el ADN de Sociedad Civil y Democracia

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Quien hace algunos años me dijera que me vería en la tesitura de tratar de defender conceptos como el "humanismo cristiano", a buen seguro recibiría de mí una mueca de perplejidad, yo que desde hace muchos años, sólo piso un templo por un bautizo, una boda, un funeral o por una visita cultural.

Sin embargo, con el tiempo he llegado al convencimiento de que
, al menos, es por ese último motivo, el cultural, por el que debemos defender la presencia de la referencia al "
humanismo cristiano", en la declaración de principios de SCD, una plataforma que aboga, entre otre otros fines, por un Estado laico en España ya que no está reñida con él. Lejos de una declaración de adscripción religiosa, es simple y llanamente el reconocimiento de un realidad cultural que, para bien o para mal, ha marcado la construcción y el ADN de España y Europa a lo largo de los siglos. No reconocerlo, y asumirlo, sería un error de principio.

Hoy en día para hablar de religión, habría que hacerlo de catolicismo, anglicanismo, luteranismo, judaísmo, calvinismo, islamismo, etc.

El concepto "
humanismo cristiano" es una forma de definir unos determinados valores sobre la dignidad del ser humano, que nacieron en Europa formando parte del bagaje cultural de la inmensa mayoría de los europeos. Y creedme, esos valores no son exclusivos de –ni exigen pertenencia a– la ideología conservadora, de la liberal o dela socialdemócrata; ni tampoco lo son de creyentes, agnósticos o ateos.

Tal vez en la Roma del Impero, donde el mero hecho de ser cristiano conllevaba la tortura hasta la muerte para mofa del populacho, o en los siglos de las cruzadas que desangraron a Europa y el Oriente Próximo, indudablemente hablaríamos de religión al hablar de cristianismo. 




Hoy en día, no es así. Pero lo que sí es incuestionable –y quizás en estos momentos de la historia, un hecho a reseñar y reafirmar–, es que los españoles, en nuestra inmensa mayoría, no somos, por ejemplo, culturalmente musulmanes, no asumimos como normal la sharia; ni aceptamos la ablación del clítoris, lamentablemente extendida en otras culturas. Estamos básicamente marcados por una cultura cristiana.



Por ello, creo que es del todo pertinente que la declaración de principios de Sociedad Civil y Democracia comience con un meditado y contrapesado compromiso: "Defensa del liberalismo político y de la visión social del humanismo cristiano". Es más, es necesario hacerlo, si pretendemos sumar las más voluntades posibles en torno a un proyecto de la sociedad civil, en vez de restarlas por un maximalismo ideológico, de uno u otro signo, en cualquier caso, innecesario para nuestros fines y siempre perjudicial para alcanzar unas metas que no son anhelo ni propiedad exclusiva, de una única procedencia ideológica.

¿Acaso alguno de nosotros, de los que coincidimos en la necesidad de este proyecto, es tan temerario como para pensar que éste puede ir adelante con el empuje exclusivo de los conservadores o de los liberales o de los socialdemócratas? ¿Alguien excluye de la voluntad de cambiar el actual sistema, a cualquiera que sea conservador, liberal o socialdemócrata, por el mero hecho de serlo?

Puedo asegurar que muchos no estaríamos aquí de ser así. Porque independientemente de nuestra propia ideología, somos conscientes de que ninguno de estos grupos, por sí solo, podría lograrlo. Todos somos necesarios e imprescindibles, pero hemos de dejar fuera radicalismos y sectarismos.

El primer punto de nuestros fines, en mi opinión, aporta con la "Defensa del liberalismo político…" Los valores de libertad individual y colectiva, de la propiedad privada, de la libre iniciativa, de la participación real de los ciudadanos en la política, etc. Mientras que con "...la visión social del humanismo cristiano", se introducen los valores de solidaridad, de justicia social que, con los anteriores, apuntan las líneas maestras, o el ADN, de nuestro proyecto, Sociedad Civil y Democracia. Y esa es su grandeza.

Cuanto antes lo tengamos claro todos los que participamos de este impulso ciudadano, más cerca estaremos de alcanzar nuestras justas reivindicaciones.


¡Lo vamos a hacer! 


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